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El tejido urbano: Carolina Barros una estética de la transferencia

El tejido urbano: Carolina Barros una estética de la transferencia

La obra de Carolina Barros reviste de un valor las cosas vistas y a su vez entrega todo a la visibilidad, de esta manera desaparece el carácter indicial como una contradicción puesta a prueba, como si esto fuera una profunda lejanía. Recordemos pues que para el capitalismo esto constituye un hecho exacerbado, exhibirse ser exhibido, visibilidad a toda prueba, empero no es el valor de uso, ni el valor de cambio, lo que se trastoca, sino que sustrae de la esfera de uso el valor del trabajo. Lo que pone de manifiesto una especie de dialéctica crítica donde el tejido urbano pareciera ser equivalente al ¿tejido social?

 

En esta producción de obra es común el uso de elementos de construcción que sirven para transferir, trasladar o enviar una cosa de un lado a otro (el grabado usado como medio de transferencia, huella o inscripciones más bien, determinadas por la relación con lo otro, anterior a un sujeto u objeto ya constituido). Si entendemos esto como el soporte de una lejanía y la pérdida de lo cultual que es visible en el abstraccionismo y cinetismo de estas obras, como un método de sustraer desde el tejido urbano el tejido social donde se sostienen las relaciones, no solo comunitarias sino de poder, y se trastocan los espacios de convivencia y son representados por medio de elementos de seguridad que han perdido el valor de uso, no da cuenta esto de una profunda realidad y una profunda ruptura entre los símbolos. No da cuenta esto de la des-contextualización sistemáticas del eje de relaciones políticas que se sostienen en la vida cotidiana. 


Las obras de Carolina Barros nos muestran esta profunda ruptura, una ruptura que proviene del mirar y ver, y es que estas obras hacen hincapié en aquellas estructuras que el mirar ha dejado pasar. Señalemos pues, que mirar y ver son dos cosas que difieren una de la otra. Ver como señala Berger es un acto contemplativo y mucho más elemental - la vista llega antes que las palabras, el niño ve antes de hablar - y quien ve establece una relación con el mundo y este a su vez le devuelve la mirada. Como quien asiste a su propia visión, un regreso de su propia imagen. Como bien señala Kafka en El Proceso, el saberse visto, constituye un hecho casi fantasmagórico. Estas obras definen desde los procesos del grabado un método de excavación y a su vez hacen surgir y aparecer esa huella patente en nuestras sociedades.

Texto Curador

Francisco Javier Paredes 

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